Con la reciente salida de Sergio Leonel “Kun” Agüero del Atlético de Madrid, todo el mundo se acuerda de Fernando Torres, de cómo salió del club ya que el Liverpool le ofrecía un proyecto y unos objetivos que su actual casa no podía. En este caso la diferencia es que Torres habló, y hay quien pensará que simplemente por suavizar la situación, de un Hasta luego, que esperaba volver cuando el club estuviera en el sitio que realmente merece. Agüero simplemente quería crecer, es normal la ambición en un mundo tan competitivo como el fútbol profesional.
Ambos se fueron, no realmente por dinero, ya que el sueldo que se les ofrecía no tenía nada que envidiar a lo que otros clubes les iban a pagar; sino porque, en efecto, el atleti no ofrecía un proyecto que avistase títulos a corto plazo (quién le iba a decir a Torres que su club de toda la vida haría un doblete antes de que él ganara algún título). Pues bien, de eso se trata, de ganar. Y de ganar cuanto más, mejor. Porque al final, el que ambiciona el éxito, no mira por un millón arriba o abajo. Y el que mira por el dinero, el éxito se lo dará. Siempre van de la mano.
Pero sin embargo existen casos raros (muy raros pero loables) en los que un tercer factor se introduce en la ecuación. No sólo los aficionados del Atlético de Madrid profesan devoción a unos colores. Grandes aficiones tienen en jugadores fieles a sus grandes ídolos. Imagina que cada semana miles de personas corean tu nombre, aplauden y gritan canciones para animarte, y que permaneces en la memoria de una afición incluso después de haber muerto.
El caso más claro y que mejor lo refleja es el de Matthew Le Tissier, al que su amor a los colores del Southampton (que curiosamente fueron los que inspiraron los actuales colores de Atlético de Madrid y Athletic de Bilbao) le llevó a no vestir otra camiseta que no fuera la de los Saints. Quien le vio jugar coincide en que fue uno de los mejores jugadores ingleses de la década de los 90 y han quedado registrados muchos de sus espectaculares goles. Las cifras de sus 16 años en el club hablan de un jugador que hubiera podido militar en cualquier gran club de Europa y que, sin embargo, decidió luchar en su equipo de toda la vida por evitar el descenso a la Second y a la First Division inglesas.
Nunca le faltaron ofertas, muchos compañeros suyos ficharon por otros clubes. Sin embargo, él decidió que ni dinero ni éxito iban a moverle de su casa, la casa de la gente devota de sus mismos colores y a la que decidió hacer feliz. No es de extrañar que cada partido le recibieran con la frase: “He´s God, Le God”. No creo que se quedara por un tema de ego, por ser un semi-dios para un grupo de gente, sino porque ciertamente era un loco al que nadie pudo hacer cambiar de parecer, al que nadie convenció de que un buen puñado de libras valía más que su locura.
Quizá, una frase que se le recuerda, resuma el paradigma del jugador profesional que atiende a este tercer factor, ese jugador que no abunda y que, sin ninguna duda es el más querido por cualquier afición del mundo:
“No estamos aquí por mucho tiempo, pero si para pasar un buen rato”
¿Por qué dinero y éxito (más dinero y éxito) tienen que suplir a todo el cariño y respeto de una afición? No se puede negar el profesionalismo del fútbol, que los jugadores están para ganar dinero, que la carrera de un futbolista es corta y deben ganar un buen montante para poder subsistir (quien lea esto en tiempo de crisis…). Siempre quedarán románticos que harán caso a esas madres que decían: “Hijo, el dinero no lo es todo en la vida…”
Pero en cierta parte y remitiéndome al caso que conozco de cerca, entiendo que el romanticismo no sea razón suficiente, ya que por mucha lealtad a unos colores que profeses, cuando las cosas vienen mal dadas el estadio te juzgará. Y no verás ánimo, ni cariño, ni respeto. Oirás pitos e insultos de gente histérica que cuestionará tu trabajo, tu profesionalidad y tu compromiso. Gente que si decides abandonar el barco por el yate de algún jeque, te dedicará lindezas que antes no imaginaste. Lindezas que irán desde acordarse de tu familia a quererte ver con pie en la tumba.
El pueblo es soberano, pero a veces reclama cosas que él mismo espanta. Como decía, solo quedarán al final algunos locos…
@DOnrubia
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